Hay una genealogía moderna de la marina. Podría empezar con el Urgell que sabia descubrir Miró y podría seguir con las detenidas fotografías de Hiroshi Sugimoto o con las tormentas grises de Gerhard Richter. Paul Valéry se exclamaba: “la mer, la mer toujours recommencée!” y Ramon Surinyac nos muestra aquí no solamente el inagotable movimiento del océano, sino también el reflejo abismal de unas imágenes a la vez precisas y ambivalentes, instantes fijados virtualmente y dinámicas evocaciones de la inestabilidad de toda realidad percibida.

Evidentemente (queremos decir: gracias a la evidencia, de aquello que se nos da a ver) estamos delante de una concepción heraclitiana de las cosas. Sin embargo, esta premisa la conduce Surinyac a una formulación nada excitada, si no mas bien contemplativa y serena, e incluso, a pesar del ruido de las olas que rompen delante nuestro, silenciosa. La peculiaridad de esta obra es que remite a dos dimensiones estéticas distintas: la autoconciencia del hecho pictórico y la meditación a través de la experiencia sensual. Sucede aquí algo intrigante: vemos la imagen y vemos la pintura.

Su serie de bosques, donde juega con la paradoja entre simetría y diversidad azarosa, evoca el ejercicio psicoanalítico del test de Roschard. He aquí, de la nada de unos reflejos de luz arrastrados por el agua o de la densidad espesa de la vegetación, surge una presencia indudable, la de la pintura. No es necesario escoger entre la interpretación de la imagen y la fruición sensual de la materia pictórica. En un universo que se genera en el cambio, la complejidad tiene que ser siempre la respuesta.

- Àlex Mitrani